Será que la necedad parió conmigo
La necedad de lo que hoy resulta necio
La necedad de asumir al enemigo
La necedad de vivir sin tener precio

Silvio Rodríguez

Por Marcos Jaureguizar*

El avance de la soja transgénica, como cultivo, y su herbicida asociado, glifosato, en Argentina y el resto de Latinoamérica tiene consecuencias devastadoras para la salud humana, los biomas, los modos de vida de las comunidades, los habitantes originarios y las multiculturalidades. 

El glifosato, en las personas, provoca afecciones locales en piel, aparato respiratorio, irritaciones oculares, afecciones en fetos pues atraviesa la placenta. Por otro lado “la OMS en su última revisión en marzo de 2015 lo catalogó como “probablemente cancerígeno en humanos y cancerígeno en animales (Longhi, Bianchi, 2020).

Desde hace 500 años Latinoamérica y Centroamérica padecen el extractivismo permanente de distintos bienes naturales (hoy commodities) producto de la colonización que aún hoy sigue siendo a traves de la espada, la cruz y la cultura. Es de tal magnitud el proceso neo-colonialista que Syngenta puede declarar en 2003 una República de la Soja sin ninguna condena oficial, todo lo contrario, con festejos.

Según el Ing. Agrónomo Alberto Lapolla, en los territorios abarcados por esta “república” coinciden con los lugares donde ha avanzado el dengue, enfermedad viral transmitida por el mosquito Aedes Aegypty quién también es uno de los vectores del virus que produce la fiebre amarilla. La explicación de dicha coincidencia tiene sólidos argumentos: a) el glifosato y otros herbicidas “matan peces y anfibios -sapos, ranas, escuerzos, etc.- es decir a los predadores naturales de los mosquitos, a los que consumen tanto en su  estado larval como de adultos” (Lapolla, 2009); b) el calentamiento global causado en gran medida por la acción humana, y, o casualidad por la deforestación para sembrar soja. c) Esta deforestación “producida en las áreas boscosas y de monte de las regiones del NEA y del NOA, (…) el equilibrio ambiental de esas regiones, liquidando el refugio y hábitat natural de los predadores (…) de los mosquitos, permitiendo el aumento descontrolado de su población” (Lapolla, 2009). 

Esta forma de manejo de la agricultura generó, además, “el aumento en el desempleo rural, la destrucción de la agricultura familiar y la concentración de la tierra” (Arancibia, 2020). Somos, dice el mismo autor, “  una factoría neocolonial de producción de ‘pasto-soja’, subsidiando la producción industrial de China, la India y la Unión Europea”.

La bioeconomía, como llaman algunos esta forma de imponer los organismos genéticamente modificados (OGM) y los agrotóxicos que los protegen, está pensada para una explotación de la tierra maximizando ganacias, no de los campesinos sino de los denominados fondos buitres y mercado financiero internacional, donde los productos de esta tierra tienen una transformación en acciones y papeles de bolsa. 

Es interesante y triste reparar en que este proceso lleva aproximadamente veinticinco años en la Argentina y atravesó todos los gobiernos desde los 2000  a la actualidad. No hubo límites en los gobiernos provinciales pero tampoco en los nacionales que de manera directa favorecieron este desarrollo.

Los movimientos sociales, las comunidades y la calle como solución

Las preguntas que surgen de esta situación tienen que ver con la solución a la problemática planteada. ¿Cómo se opone el pueblo a las fumigaciones, a la tala indiscriminada, a la pérdida de sus tierras?, ¿Cómo se genera conciencia de la implicancia de consumir OGM fumigados por sustancias nocivas para la salud humana, animal y de toda la naturaleza?, ¿cómo se limita el poder de las corporaciones y los fondos de inversión, como BlackRock?

En estos momentos se está habilitando la presencia del ejército norteamericano a traves de sus ingenieros en algún punto del Río Paraná.  “La Autoridad General de Puertos (AGP) firmó un memorándum de entendimiento que habilita la llegada del Cuerpo de Ingenieros del Ejército estadounidense en una de las cuencas de agua dulce más grandes del mundo” (Pagina 12, 2024). Por allí pasa el 80% de las exportaciones de Argentina y un mayor porcentaje de los granos pertenecientes a multinacionales estadounidenses como Bunge, Cargil, ADM, Dreyfus y la china COFCO. ¿Cómo se lucha contra este neocolonialismo y su herramienta visible, el neo extractivismo?

Lo público, la calle, las rutas, los ríos,  deben ser el lugar de encuentro, de participación. Si el pensamiento colonial y extractivista se produce puertas adentro, la decolonización, por el contrario, se expande por las calles, las toma, se comunica en ellas, se visibiliza, se instala.

La Argentina tiene una larga historia en movimientos sindicales, sociales, comunitarios y colectivos de luchas. En 1912 se produce en Santa Fe, localidad de Alcorta, la primera huelga de pequeños chacareros contra terratenientes y subarrendatarios por los altos alquileres de los campos. Esta huelga se conoce como “el grito de Alcorta” También en 1912 se inicia el movimiento obrero en el sur de Argentina que termina en la Semana Trágica en 1921 con la muerte de 1000 a 1500 obreros en manos del ejército argentino. Ambos movimientos liderados por anarquistas.

Mucho más acá, en 1995, se organiza el Movimiento de Mujeres en Lucha que impidió cientos de remates de pequeños chacareros que perdían sus tierras por la política económica de Menem.

A principio de la década del 2000 comienza la lucha contra la fumigación de glifosato en las tierras aledañas a pueblos, escuelas y asentamientos. Las denominadas Madres de Ituzaingó Anexo, barrio de la Ciudad de Córdoba, fueron las primeras en enarbolar esta bandera denunciando el aumento de cánceres y otras enfermedades producidas por agrotóxicos.  

El gobierno de Córdoba rechazó y minimizó permanentemente los efectos de las fumigaciones con agrotóxicos, negó las evidencias presentadas por las Madres de Ituzaingó, médicos y epidemiólogos. No solo se intentó negar las evidencias sino comenzaron a impedirse que “las Madres y aliados sigan produciendo evidencia (Arancibia, 2020). Además, a pesar de las prohibiciones, se continuó fumigando.

En 2004 las Madres de Ituzaingó se unieron al Grupo de Reflexión Rural que conjuntamente con otras organizaciones sociales lanzaron, en 2005, la primera campaña nacional en contra de los agrotóxicos “Paren de Fumigar”. 

La presión ejercida por las distintas comunidades en todo el país alertó y movilizó a científicos como Carrasco, investigador del CONICET, quién en 2009 publicó un informe sobre el efecto mutágeno del glifosato en embriones de anfibios. Lino Barañao, en ese momento Ministro de Ciencia y Tecnología desacreditó el estudio de Carrasco quién fue defendido por (…) “más de seiscientos intelectuales y científicos, así como organizaciones no gubernamentales internacionales y movimientos campesinos e indígenas” (…). Luego de un año este estudio fue publicado por la revista Chemical Research in Toxicology. Lino guardó silencio.

Poco tiempo después la Asociación de Abogados Ambientalistas presentó un amparo en la Corte Suprema en contra de las fumigaciones con agrotóxicos.

Mientras esto ocurría, en 2003, en la UNLP se funda la primera Cátedra  Libre de Soberanía Alimentaria.

En 1990, como consecuencia de la defensa del territorio surge el Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MoCaSE), que en 2001 se divide en Movimiento Campesino de Santiago del Estero VC (Vía Campesina) y al Movimiento Campesino de Santiago del Estero histórico o PSA (Programa Social Agropecuario). El MoCaSE primero y luego Vía Campesina, ambos movimientos netamente sociales-comunitarios también enarbolaron la bandera de la sojización, el desmonte, la migración interna, la pérdida de territorios.

Se insiste en el concepto de colonialidad y neocolonialidad porque es realidad esta es la causa final del proceso con la sojización de los campos, selvas, humedales. Todos los gobiernos, de alguna manera, contribuyeron a este “biomicidio” y “ecocidio”. En la actualidad, el gobierno de Javier Milei  está cerrando el  Instituto Nacional de Agricultura Familiar Campesina Indígena (INAFCI) y el Consejo Nacional de Agricultura Familiar,

Las modificaciones respecto de fumigaciones, ordenanzas y leyes provinciales se han logrado y se sostienen con la lucha diaria, constante de las comunidades, cooperativas y movimientos sociales.

Ante la pregunta de una periodista sobre cuando se termina la lucha, Hebe de Bonafini respondió algo así como “la lucha es todos los días”. No se detiene, no termina, no claudica. La lucha forma, educa, hace pensar críticamente, une. Como dijo Bertolt Brech: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

*Marcos Jaureguizar. Médico Generalista MP 81158