Por Rosana Herrera de Forgas*

La contemplación de las cosas como son, sin error o confusión, sin sustitución o impostura,

es en sí misma algo más noble que una cosecha entera de invención

Francis Bacon

No sé cómo dispone Alejandro que salgan las notas de los columnistas colaboradores como yo, pero…estoy imaginando que no estaría mal proponerle una sección fija (una suerte de Pensando en voz alta como el de este título) que en cada ejemplar de la revista le dedique unos párrafos a esa noticia, que según missentipensares (desde ahorita nomás aviso que soy una de las tantas viudas de Galeano), merezca ser analizada desde la mirada de un ciudadano de a pie, sentada en una compu de la Argentina profunda -de dónde vengo, donde vivo y donde elijo morir- con mi té de manzanillas, en pantuflas y escuchando blues en spotify. Aunque se trate de una temática que, por su carnadura política, histórica y social ya fuera excesivamente abordada por periodistas “dendeveras”.

No tengo ganas de merituar antes de sentarme a aporrear el teclado, que no sea un tema remanido, que tenga impacto, que resulte interesante o que, si hay varios opinando sobre lo mismo, mi opinión signifique un aporte o que no sea una opinión sino un dato. O que ¡bingo! reúna en una sola nota todo ese odioso listado de condiciones.

Más bien tengo ganas de sacarle la lengua al deber ser y escribir sobre lo que me sobrecoge a mí personalmente, haciendo abuso de la pluma y la palabra. Una especie de “quemimporta, la que escribe soy yo”. ¿quenó?

En esta oportunidad, sin dudas, me rindo a los pies de la marcha del domingo que por su masividad, por su simbolismo, por el oxígeno que nos trae -y por el enojo, la bronca y el odio que le genera al engendro y sus secuaces- para mí va a quedar como una ícono de estos tiempos. 

Este pasado domingo para los católicos fue un domingo de Ramos, para los ateos, probablemente, sólo el preámbulo de unas mini-vacaciones. Pero para los que militamos el campo popular, para los que militamos por la memoria, por la verdad y por la justicia, -seamos agnósticos o creyentes-, fue un domingo de gloria. 

Esas plazas multitudinarias que a lo largo y a lo ancho del país se poblaron de familias, de organizaciones sociales, de partidos políticos, de ciudadanos solos, de colegios profesionales, de colectivos culturales que decidieron hacer pito catalán a la incertidumbre, a los miedos, a la tristeza en la que estamos sumidos desde hace ya varios domingos y salieron a manifestarse como hacía mucho tiempo no lo hacían. En ellas brillaban las caras nuevas de chicos -y no tanto- inaugurando militancia, conmovían los ancianos en sillas de ruedas, robaban sonrisas los cochecitos embanderados, emocionaban las columnas “pululas” de militantes, que con todo el fervor y a bordo de sus convicciones, salieron a ningunear un obsceno video oficial. Marchando abrazados para demostrarle a un gobierno exterminador que tenemos 30.000 razones para vivir el presente, defendiendo al futuro y honrando el pasado. Como lo hicimos siempre.

Porque ellos no son eternos. Por una jugarreta del destino este puñado de desquiciados llegó al poder y se aferra a él con un frenesí monárquico que no logra eyectarlo del universo paralelo donde se siente tan cómodo ¿por los tan gruesos errores propios? ¿por la magnífica labor de los medios ajenos?, ¿por ese fenómeno mundial que es el avance de las derechas? ¡queseyó!… por debilidades y amenazas, -además de la furia de una naturaleza harta del daño que le hacemos al planeta-. En definitiva, por razones que la sociología deberá ocuparse de estudiar y la historia de contar, están ahí. Nos ganaron. Pero este montoncito rejuntado de odiadores, en algún momento se va a ir, va a desalojar las propiedades del Estado que tanto denosta y que hoy ocupa. Con legitimidad y con legalidad, sin dudas, pero sin brújula. 

Sabemos cuáles son las razones y las motivaciones que hay detrás de cada acción o inacción del gobierno, conocemos con nombre y apellido a los patrones, aquí nadie puede sorprenderse de las políticas de la ultraderecha, pero no es objeto de estas líneas analizarlas aquí porque esta publicación tiene demasiados expertos en política internacional, en economía y demases y sólo quiero encarar la realidad -o pretendo hacerlo, insisto- desde el costado más inocente de esta novela macabra que es la que viven los nadies  del maestro Galeano. Esos que sólo tienen aliento para, al final de una agotadora jornada laboral, sacar bien las cuentas antes de comprar leche, carne o una pasta dental o antes de pagar el alquiler o ir a la farmacia; pero que, a pesar de tanta injusticia y tanto dolor, el domingo salió a mostrarle al mundo que las calles siguen siendo nuestras 

Queloparió, Mendieta! hoy ya es martes y ni siquiera uuuuna letra escribí para Iguales

Rosana Herrera de Forgas. Comunicadora en Salud. Especialista en Política de Medicamentos